El hombre mainstream es un personaje que abunda. Es el perfil de ser humano aceptado en círculos donde la hipocresía se confunde con cortesía, donde la educación se confunde con escolarización y donde los ademanes pomposos se confunden con buenos modales.

El hombre mainstream es aquel en quien la soberbia fluye suavemente. Sale de sus poros, de sus palabras, de su forma de vida.

Nada es propio en el hombre mainstream, porque su vida es, justamente, mainstream. Va con la corriente, pero no con cualquier corriente: va con la corriente de lo que se debe decir, de lo que se debe pensar. No necesariamente con aquella que exige que las acciones sean coherentes con las palabras. Porque es en la contradicción entre lo que predican y lo que viven donde encuentran, precisamente, su distinción. Ellos “se lo merecen”.

El hombre mainstream nutre su educación de charlas TEDx (cuanto más cortas, mejor), de titulares breves (aquellos que serán aceptados en cualquier conversación donde ya esté dado por sentado qué se debe pensar y cómo hacerlo sobre distintos temas) y de podcasts que refuerzan rápidamente lo leído en el titular.

El hombre mainstream no tiene lecturas profundas. Aunque lea mucho, aprende poco, porque también lee lo mainstream. La profundización solo le sirve para no salir del mainstream, porque el hombre mainstream es cómodo.

La comodidad, o mejor dicho la pereza, es su principal característica. Más específicamente, la pereza intelectual. Aunque él no lo advierte: por el contrario, se posiciona a sí mismo en la cumbre de la intelectualidad.

Y el hombre mainstream aplaude a otros de su tipo. Se aceptan entre ellos, se ubican en lugares estratégicos y se reúnen para aplaudirse mutuamente.

Europa es, tal vez, la cumbre del hombre mainstream.

Lo principal es burlarse de los americanos y despreciar a los latinoamericanos. A estos últimos con ademanes de condescendencia; a los americanos, sin tapujos. Es así como se posicionan como superiores, como aquellos que entendieron cómo se debe vivir la vida.

La risa pomposa y burlona aparece al referirse a la forma de vida de los americanos, a sus gustos, a sus valores, a su forma de gobierno y a su cultura. Todo aquello que en Estados Unidos constituye un elemento importante de la cultura americana es motivo de burla soberbia para el hombre mainstream europeo o europeizado.

No entienden cómo en Estados Unidos la ciencia se discute. El hombre mainstream no acepta la discusión sobre aquello que considera “ciencia”. Si lo dice la ciencia, es así y no hay debate. Es decir, el hombre mainstream termina negando el propio espíritu científico mientras hace gala de ser su máximo exponente.

También tiene su contradicción con la tecnología. Al hombre mainstream le parece un signo de avance que una sociedad se vuelva cashless, porque en todo aquello que apunta a lo totalitario ve civilización. Habla de “tecnología” como si fuera patrimonio exclusivo de su época y reflejo de su generación iluminada.

Pero si la tecnología aparece asociada a un contexto donde la civilización se expresa de manera lógica, ética y consistente, entonces el hombre mainstream planta bandera.

Todo aquello que utilice energía para hacer la vida más confortable le molesta. ¿Por qué le molesta? Porque así lo dicen los titulares que luego profundiza con charlas TED y podcasts.

Todo aquello relacionado con la tecnología y la producción de riqueza le molesta. La producción de alimentos, la producción de energía y el confort que deriva de ellas le parecen salvajes. Sobre todo si vienen del salvaje Estados Unidos.

Y así, el hombre mainstream, que se cree de avanzada, termina siendo un claro exponente de la decadencia.

Sus ideas, que no son propias, edulcoradas con ademanes de superioridad, lo hacen sucumbir ante la realidad. Ante la lógica.

Confundieron (y lo siguen haciendo) a un totalitario como Xi Jinping con la cumbre de la civilización porque se engomina el pelo y hace gestos “educados”.

Compraron alegremente y repitieron hasta el cansancio el término “multiculturalismo”, porque era lo que había que decir. Del mismo modo, había que afirmar que Angela Merkel era de avanzada. Y, en este derrotero por exhibir sus dotes de alta intelectualidad, han llamado salvajes a quienes no aceptan la impunidad de culturas que entienden por tradición violar niñas, apedrear mujeres o colocar chalecos con explosivos a niños para enviarlos a inmolarse.

Se subyugaron con éxtasis a la moral superior del chamanismo climático para que los tilden de entendidos en lo “científico”; es decir, en aquello que, según ellos, no puede discutirse. Eso sí: no se bajan de los aviones, donde viajan con el pecho hinchado porque en su pasaje figura cuánto dióxido de carbono están emitiendo con su huella ecológica. Lo tienen todo calculado, con números exactos.

Y así, un día, llega el Mundial de fútbol. ¿Dónde? En Estados Unidos.

Es uno de esos momentos especiales en los que el hombre mainstream aprovecha para ser socarrón y adelantarse a pronosticar que todo saldrá mal. Porque, ¿qué entienden los americanos de fútbol, si hasta le dicen soccer? Claro que no va a gastar un segundo de su tiempo en averiguar por qué se dice así. La curiosidad no es mainstream; además, salirse de la matrix siempre cae mal.

Pero hay que viajar para ver los partidos. Y no a Nueva York, sino a otros lugares que no acostumbran a visitar. Y, de golpe, el hombre mainstream se ve intimidado, deslumbrado y abrumado.

Sus creencias, sus burlas y sus desprecios caen bajo la sombra de la grandeza de la república más antigua y más civilizada que ha visto la humanidad.

Queda atónito ante un modo de vida, ante la grandeza no solo de su infraestructura, sino también del “corazón americano”, como dijera Guy Sorman.

No lo entiende, no lo cree, no lo acepta. Queda mudo.

Pero, al mismo tiempo, están aquellos que no quedan mudos. Porque hay dos tipos de mainstream: el que parte de la buena fe y aquel cuya base es el resentimiento.

Entonces vemos que, con sorpresa, quienes son bien intencionados reconocen que fueron engañados por la propaganda, por un discurso falso. Aplauden lo que ven, les gusta y se sienten felices.

Mientras tanto, el hombre mainstream que se considera más elevado, el más soberbio, guarda silencio. Ya no se burla. Se atrinchera esperando que algo salga mal. Lo espera con ansiedad, para volver a sus andanzas.

En ese momento de atrincheramiento, se desata una ola de calor en Europa. Y el hombre mainstream se olvida del Mundial, se olvida de su pose rebuscada porque, transpirado y sin aliento, tiene que ir a la ferretería a comprar planchas de material reflector para tapar las ventanas de sus casas en esa tierra civilizada, multicultural y ecológica.

Aún no descubrieron el aire acondicionado. O, en realidad, lo consideran un desperdicio de energía y un signo de exageración americana: “¡Te congelás en los shoppings de Estados Unidos! ¡Qué desperdicio de energía!”.

Y así, el hombre mainstream, una vez más, con abanico en mano, intenta explicar que esto ocurre porque en Europa nunca hizo calor y que todo se debe al cambio climático.

Y así, año tras año, en un eterno loop, el hombre mainstream se consolida como el gran ícono de la pantomima de la civilización…y de su máximo detractor.

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